“Para Europa, ha llegado el momento de actuar. En primer lugar, construir la infraestructura digital más innovadora, más allá de los compartimentos estancos nacionales. En segundo lugar, canalizar la inversión privada hacia el mercado de capitales europeo para que adquiera verdadera escala. En tercer lugar, reorientar todo el sistema financiero hacia la asignación de activos a la innovación y el crecimiento.”
Europa se encuentra en una encrucijada. Sin embargo, corremos el riesgo de desaprovechar esta ventaja por complacencia y fragmentación. Ha llegado el momento de actuar.
Durante demasiado tiempo, Europa ha descuidado la importancia de un mercado de capitales sólido. Hemos visto cómo la innovación, el crecimiento disruptivo y la ambición emprendedora emigraban al otro lado del Atlántico y hacia Asia. La razón no es la falta de capacidad, sino un mercado de capitales demasiado pequeño y la ausencia de una infraestructura digital verdaderamente europea que lo respalde.
Consideremos los hechos. El mercado de capitales estadounidense es aproximadamente tres veces mayor que el europeo, pese a que ambas economías tienen un tamaño comparable. ¿Por qué? Porque en el mercado de capitales estadounidense hay una gran participación privada. Muchos ciudadanos estadounidenses son inversores a través de planes de pensiones privados, planes 401(k) y otros diversos instrumentos de inversión. Es un ámbito en el que Europa va a la zaga. Muy pocos europeos invierten en el mercado de capitales, lo que reduce su tamaño en comparación con el de Estados Unidos. Necesitamos aumentar la participación de los inversores privados europeos para aportar el capital necesario para financiar el crecimiento y la innovación y hacer nuestra economía más grande y más fuerte.
Pero el reto de la participación es solo una parte de la historia. El mercado de capitales europeo no es realmente un mercado de capitales único, sino un conjunto de numerosos mercados de capitales nacionales. Esta fragmentación resulta engorrosa y costosa. Los costes de liquidación posnegociación son, en general, mucho más elevados en Europa que en Estados Unidos. Perdemos competitividad por ineficiencia.
La unión de los mercados de capitales ya no es una cuestión teórica: es esencial. Y debe incluir también la modernización de la infraestructura del mercado de capitales europeo. Nuestra infraestructura está fragmentada en compartimentos estancos nacionales, lo que, por supuesto, resulta engorroso y costoso. Solo mediante una acción coordinada podemos mejorar esta situación. La tecnología blockchain supone un cambio radical en este sentido: nos brinda la oportunidad de superar los compartimentos estancos de las infraestructuras nacionales que se han desarrollado durante décadas, mediante la creación de plataformas digitales verdaderamente paneuropeas.
El capital fluye hacia donde hay rentabilidades atractivas y entornos favorables a la empresa. Unos 40 unicornios europeos se han trasladado a Estados Unidos debido a unas condiciones regulatorias más favorables y a un mercado de capitales más sólido. Cuando las empresas quieren salir a bolsa, acuden allí donde hay un mercado de capitales sólido, y el mercado de capitales estadounidense es actualmente más sólido que los distintos mercados europeos. Si queremos retener la innovación europea y atraer flujos de capital, debemos crear las condiciones que conviertan a Europa en la opción natural.
Esto se extiende a ámbitos emergentes como los activos digitales y las finanzas tokenizadas. Las criptomonedas han llegado para quedarse. Los mercados de capitales digitales —con emisión y liquidación en blockchain y liquidación contra dinero digital mediante stablecoins y monedas digitales de bancos centrales— representan la infraestructura de mercado esencial del futuro. Sin embargo, el 99 por ciento de todas las stablecoins del mundo están denominadas en dólares estadounidenses. Aunque se ha hablado de una desdolarización mundial, en el ámbito digital y de las stablecoins lo que se está produciendo es una dolarización. Europa debe actuar si no quiere quedar a merced de esta evolución.
Las grandes apuestas que todos deberíamos hacer están claras: en primer lugar, construir la infraestructura digital más innovadora, y hacerlo como europeos, más allá de los compartimentos estancos nacionales. En segundo lugar, canalizar la inversión privada hacia el mercado de capitales europeo para que adquiera verdadera escala. En tercer lugar, reorientar todo nuestro sistema financiero hacia la asignación de activos a la innovación y el crecimiento.
Europa tiene lo necesario. Tenemos una cultura de la innovación que se manifiesta en nuestras excelentes universidades y empresas emergentes. Lo que necesitamos es la voluntad colectiva de liberarla, mediante una infraestructura integrada, claridad regulatoria y el compromiso de competir, no de replegarse.
La próxima era de las finanzas mundiales pertenecerá a quienes evolucionen. Europa debe optar por liderar.
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