Nuestra mentalidad cortoplacista nos lleva a percibir los acontecimientos en su inmediatez, olvidando el pasado y descuidando el futuro.
Nuestra época está marcada por acontecimientos y desafíos de una brutalidad sin precedentes que pueden provocar conmociones existenciales. Tres crisis actuales ponen en juego el futuro del planeta: la pandemia, ya casi olvidada; la guerra ruso-ucraniana, que tras una fase de estupor está volviendo a la normalidad de las crisis; y, por último, la salida de los tipos de interés negativos a través de la inflación, que se esperaba pero cuya magnitud sorprende. Tres crisis en un contexto estructural de doble revolución, medioambiental y digital, que tendrá un impacto sin precedentes en nuestros estilos de vida, en el valor de los bienes y en la estructura de las inversiones. Los riesgos que se avecinan son inconmensurables y muchos expertos no saben qué soluciones recomendar. La teoría está ausente. Las herramientas se adaptan por ensayo y error. Más allá de las estrategias políticas, el desenlace positivo de estas crisis está en manos de los intermediarios financieros (aseguradoras, bancos, sociedades gestoras). En efecto, su misión esencial consiste en estructurar la financiación para reducir los niveles de riesgo que esta presenta para los inversores finales, en particular los hogares, y en optimizar la duración y el flujo del ahorro hacia las inversiones necesarias para afrontar estos desafíos.
En este contexto, la sociedad civil y los empresarios deben, más que nunca, actuar con discernimiento y valentía para evitar cualquier error de rumbo. Pero esto no bastará. Se necesita una estrategia colectiva de gestión del riesgo. Riesgo significa: ¿quién asumirá in fine las pérdidas?
Tres respuestas posibles:
- Asunción del riesgo por el Estado: el presupuesto nacional asume el riesgo financiero, lo que implica un aumento de los déficits públicos, ya elevados en Francia. Sin embargo, esta opción conllevaría también una valiente reestructuración de esos déficits, frenando drásticamente los gastos de funcionamiento y con una gestión estratégica y patrimonial de los gastos de inversión en el marco de compromisos plurianuales, acompañada de controles expertos e informes al Parlamento.
- Asunción del riesgo por los inversores y, in fine, por los ciudadanos (ahorradores): se trata del tan esperado desarrollo de la financiación de la economía a través de los mercados y del proyecto europeo de la Unión de los Mercados de Capitales (UMC). Es evidente que la naturaleza de la financiación necesaria y su perfil de riesgo implican una diversificación de las fuentes de financiación. Ello exigirá construir un ecosistema completo, del corto al largo plazo, de lo institucional a lo individual, basado en la articulación entre una estrategia de ahorro e inversión y un mercado de capitales sustancial, que represente en torno al 50 % de las necesidades de financiación.
- Asunción del riesgo por los intermediarios financieros: por supuesto, estos actores, en su función de intermediación entre el corto y el largo plazo, entre depósitos y créditos, a través de los balances de los bancos o de los inversores, o de los balances de las aseguradoras, deben asumir sus responsabilidades. Pero esto afecta a la estrategia prudencial de la UE. Así, para la sociedad está claro que nuestro interés colectivo es minimizar los riesgos sistémicos y, por tanto, las posibles quiebras de estas entidades, cuyo tamaño es también un factor de éxito y de competitividad.
Esta ecuación es compleja. Se trata de encontrar el equilibrio adecuado entre estas tres respuestas, combinando una doble estrategia de inversión a largo plazo y de gestión del riesgo. La inversión a largo plazo debe orientarse mediante la medición de las externalidades, y las instituciones públicas deben asumir riesgos difíciles de cuantificar con los modelos financieros convencionales. En lo que respecta a los intermediarios, los «colchones» de cobertura de riesgos deben ajustarse en la medida de lo posible, en particular el capital prudencial. La regulación debe integrarse en una verdadera visión estratégica. Por ejemplo, en el caso de los seguros, Solvencia II fija los requisitos de capital en torno al 250 % de los riesgos. Un 160 % se considera un mínimo. La diferencia es la cuestión. En su análisis de los términos de la revisión de esta directiva, la Comisión parece tener en cuenta esta dimensión. Esto es crucial y augura buenos resultados. Lo mismo cabe decir de la transposición europea de Basilea III/IV. Es cierto que la UE va con retraso, pero aun así va por delante de sus socios occidentales... ¡Demos ejemplo!
Para ello, sería interesante inspirarse en las iniciativas del Tesoro estadounidense de 2017: llevar a cabo una revisión estratégica de nuestro sistema de regulación financiera desde la doble perspectiva de la financiación y del riesgo, manteniendo la ambición en cada uno de estos ámbitos de análisis: salir de las crisis por arriba sin transigir en materia de riesgo. ¡Una Europa protectora y responsable!
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